martes, agosto 25, 2009

Mi nombre en google ( Claudia Apablaza)


Lectura de cuento sugerido en sesión uno.
Elementos a considerar: El manejo de la historia


Enciendo el computador. Veo cómo aparece ante mí una foto de Diane Arbus en la pantalla: Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx. Es mi fotógrafa preferida. Algunos la llaman sarcástica, otros demente, perversa, retorcida. Yo la llamo mujercita divina. Cada noche busco mi nombre en el google. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia. A estas alturas si no apareces en el google, no eres nadie.
Enciendo un cigarrillo, el silencio de mi departamento me agrada y me deja tranquilo. Sólo a intervalos escucho algún auto que pasa y se mezcla con la música de Philip Glass. Me paro y voy a la cocina. Me preparo un whisky con mucho hielo. El cigarrillo se consume mientras intento conectarme a internet. Afuera llueve y los cables de desconectan cuando hay tormenta. ¡País de mierda! Nunca debí haber vuelto del extranjero. Vuelva a conectarse más tarde, intente de nuevo. ¡País de mierda! Agarro el teléfono, en la empresa servidora aparece una contestadora automática. Recuerdo a un amigo, un escritor que nunca contesta el teléfono, sólo la contestadora automática y además se da el lujo de escuchar a los que lo llaman y no responderle. A veces se burla, se ríe, a veces llora, otras veces se sonroja. Recuerdo también a un amigo que le gusta tener sexo por teléfono. Tuve sexo con una mexicana, me dijo hace unos días. En este país están cada día más tarados: un amigo que se sonroja y llora frente a una grabadora y otro que tiene sexo por teléfono con una mexicana.
La grabadora dice que apriete el número uno si tengo problemas con el servidor, dos si necesito información acerca de mi cuenta, tres si quiero información de los nuevos servicios, cuatro si quiero contratar internet, cinco si quiero comunicarme con una operadora. Aprieto el cinco. La voz es bastante sensual. Incita a llamar siempre y contratar todos los servicios. Recuerdo a mi amigo que tiene sexo con una mexicana y de verdad creo que no es tan tarado. Me excito y pienso que terminaré teniendo sexo con la mujer de la otra línea. Philip Glass suena y el viento golpea las ventanas. Einstein on the Beach, disco uno, se confunde con el ruido de afuera y siento cómo el whisky va relajando mi cuerpo. Mi garganta se relaja. Ya no odio a la contestadora. Incluso quisiera tener sexo con esa mexicana que mi amigo me contó. Debería llamarlo y pedirle su número telefónico. “Nuestras operadoras están ocupadas, espere en línea o vuelva a marcar más tarde”. Espero en línea. Nuevamente: “Nuestras operadoras están ocupadas, espere en línea o vuelva a marcar más tarde”. La voz de esa mujer me seduce. ¿Será la mexicana? Espero en línea. Tal vez aparece su voz en tiempo real y la invito a tomar un trago a mi departamento. “Nuestras operadoras..”.. Cuelgo, tengo paciencia, pero no demasiada. No puedo esperar infinitamente en línea. Debería llamar a mi amigo para pedirle el teléfono. Tomo un trago y enciendo otro cigarrillo. Abro la ventana y veo que la ciudad está dormida. Una luz se enciende a lo lejos e imagino que debe ser una mujer, noctámbula, estará casi desnuda, fumando un cigarrillo y pensando en el hombre que ama. Estará tomando un vodka tónica con dos hielos y escuchando canciones romanticonas: Camilo Sesto o Leonardo Favio.
Vuelvo a sentarme frente al computador. Son las doce de la noche y debería salir a un café internet a ver mi correo y a buscarme en el google. Además hoy me iba a escribir mi editor y me diría si me publicarían mi última novela. Algo me anticipó, que tal vez habría que sacar a un personaje demasiado misógino. ¡A la mierda!, le dije, si lo sacas, me llevo la novela a otra editorial. Debes sacarlo, Mariano Infante, debes sacar a ese misógino. ¡A la mierda, viejito, soy un escritor y no un carnicero! Mariano, debes lidiar con nuestra línea, nuestras colecciones. ¡A la mierda, soy un escritor, no soy carnicero!
Vivo solo hace un par de años. Me cuesta decirlo, pero no puedo vivir con ninguna mujer; la verdad es que no puedo vivir con nadie. Graciela, mi última pareja, se fue con un vendedor de alfombras exóticas. Siempre buscó la aventura. En un principio me mintió, me dijo que era escritora y que podríamos congeniar nuestros caracteres apáticos, que no me preocupara, que me dejaría encerrarme todo un día y escuchar la música que yo quisiera: Stockhousen, Laurie Anderson o algo de jazz ligero. De a poco fue hastiándose. No escribió ni media letra durante los dos años en que vivimos juntos. Luego comenzó a salir de noche, a bares, luego algunos hombres le dejaban mensajes en la contestadora. Se notaba que decía que era soltera. “Graciela, anoche estuviste una diosa”. “Graciela, hoy podemos ir al mismo lugar y jugamos a aquello”. “Graciela, mañana podría venir a desayunar a mi departamento y luego te vas a tu trabajo”. ¡Maldita, nunca le trabajó un día a nadie! ¡Tuve que mantenerla durante dos años! Yo no se lo recriminaba, no le decía nada, no teníamos contrato de fidelidad y sus aventurillas, al principio, me importaban una mierda. Hasta que se fue. Bendito el día en que se fue. Dejé de escuchar esos mensajitos y preocuparme de que no le pasara nada. Dejé de estar insomne, de pasearme dentro del departamento esperando a que llegara, dejé de gastar dinero en ropa de marca y perfumes caros.
Intento conectarme. Abriendo el puerto. Error 680: No hay tono de marcado...
Voy hacia la ventana y exhalo aire. Se forma un humo que se dispersa y se fusiona con la neblina. Más allá de esa lucecita, no se ve nada. La única luz, el departamento del frente. Ella se pasea de un lado a otro. Debe esperar a un amante que se fue hace años.
Necesito volver a llamar a la empresa servidora. Levanto el auricular. Un botón rojo pestañea, sé que hay algunos mensajes atascados en la grabadora.
“Mariano, soy Jorge Olavaria, sólo hasta mañana podemos esperar la crítica de En la frontera, de McCarthy. Dijiste que la traías hoy al diario. Envíala a mi correo, a más tardar a las once de la mañana. Vamos a despachar a las once cinco minutos, te lo repito: once con cinco minutos”. ¡Imbécil, qué se cree este maldito, no le enviaré ninguna crítica! “Mariano, hola amor, soy Julieta, no me has llamado, ¿qué pasa?, ¿acaso te molestaste por lo que te dije el otro día?”. Sí, me molesté, no me gusta que me manden mensajes de texto a las cuatro de la mañana y además que me das lata, pendeja ladilla. “Mariano, hijo, tu hermano necesita conversar contigo, al parecer te encontró un trabajo estable en una revista, llámalo cuanto antes..”.. “Aló, Mariano, soy Andrés Cuello, el sábado estaré de cumpleaños, lo celebraré en el bar Tópico Urbano, espero puedas venir, tal vez puedes traer a tu nueva amiga, esa sueca que me comentaste”. ¡Ya les dije que no me interesa andar en bares de nombres estúpidos! ¡Malditos! ¡Menos presentarle a mis amiguitas, ni trabajar en revistas de ciudadanos civilizados! ¡No quiero escuchar más esta maldita contestadora!
Vuelvo a la ventana y miro el cielo. No hay estrellas, sólo unas nubes negras que amenazan con tenerme desconectado todo el fin de semana. Marco nuevamente el número de estos malditos servidores de internet. “Si tiene problemas con el servidor, marque uno; dos, si necesita información acerca de su cuenta; tres, si quiere información de los nuevos servicios; cuatro, si quiere contratar internet; cinco, si quiere comunicarse con una operadora”. Cuelgo. ¡Malditos, yo sólo quiero ver mi nombre en el google!
Hace seis meses que dejé mi novela en la editorial. La aprobaron. Te publicaremos, me dijo mi editor, saldrás en un mes más. Hoy se cumplen exactos los treinta días y nadie ha dicho nada en los medios, salvo una nota de un periodista, cuarenta y dos caracteres: Mariano Infante firmó contrato con una editorial.
Tomo un trago, y mi garganta lo agradece. Soy libre, escucho mi música, publicaré donde quiero y no sacaré los párrafos como los que se dedican a hacer recortes. No soy un carnicero. Tampoco me interesa quién me hablará del otro lado, menos la mexicana que tiene sexo con mi amigo, ni la tipa del frente que se pasea de un lado a otro, ni menos aun Graciela. Sólo me interesa entrar al google y descubrir que alguien ha dicho algo importante acerca de mí. Que publicaré en pocos meses más, que los periodistas se pelearán la primicia, que luego me daré el gusto de no dar ninguna entrevista. Que me criticarán en todos los medios, incluso en periódicos extranjeros.
Llueve. La mujer romanticona ha apagado la luz. Estará llorando o masturbándose, quién sabe. Las romanticonas se masturban mientras fantasean con tipos gordos y desaseados. Tuve una amante que me lo confesó en un acto de locura, en una de esas crisis maniacas de las más severas. Las mujeres siempre nos masturbamos cuando estamos solas, más aun si llueve y apagamos la luz.
Me sirvo lo último que queda de la botella. En el congelador quedan sólo dos hielos. Disfruto. Enciendo un cigarrillo y la pantalla del computador está hibernando. Aprieto el botón azul y vuelve a aparecerelGigante judío en casa con sus padres en el Bronx. ¿Seré como él?, pienso. No, Olavarría es como él. Intento nuevamente y esta vez se conecta. ¡Se ha conectado! ¡Ahora sí! Tal vez debería enviar la crítica de McCarthy de inmediato, la tengo lista, corregida, pero no, no lo haré. Olavarría cree que estamos en la época de los esclavos. Le falta la fusta y el caballo para aparecer como el clásico patrón de fundo. La enviaré a otro diario, el viejo Maldonado me la publica sin siquiera leerla. Necesito entrar al google. Me tomo un trago: whisky de primera.
Estoy conectado, primero mi correo. La contraseña y ya está. Tengo diez sin leer, cinco son de Olavarría. Asunto: Urgente, crítica. Los elimino. Otro de Graciela. Asunto: en blanco. También lo elimino. Dos de mi editor. Asuntos: Dejaremos al personaje, no te preocupes, el libro sale a imprenta dentro de la semana. Mi hermano: “¿Quieres trabajar en la revista Tácito?”. Por último, la sueca: “Quiero verte”. Los elimino uno a uno. ¿Está seguro de que quiere eliminar los correos marcados? Aceptar.
Ahora iré al google. Directo a mi nombre. Ya habrán salido los primeros rumores de mi publicación. ¡Ahora sí! Seguro estaré en el google. Enciendo un cigarrillo. En la cajetilla sólo me quedan dos. Olvidé comprar de repuesto. Tendré que salir. Afuera llueve y la ventana suena. Cada noche pongo mi nombre en el google y espero que alguien diga algo, que se anuncie mi novela, que se mencione que publicaré dentro de los próximos meses, pero nada. El encargado de prensa de la editorial se dedica a tomar café con las periodistas. Lo he visto llevarle libros a algunas chicas en los cafecitos de Providencia. Seguro el muy desgraciado dice que va a reunión.
M-a-r-i-a-n-o - I-n-f-a-n-t-e. Tecleo. El cigarrillo se consume. Aprieto enter... ¡A la mierda, se demora! Enter. Enter. Enter. Enter, enter, enter. ¡A la mierda!
Acción cancelada. Internet no pudo vincular a la página web solicitada. Puede que la página no esté disponible temporalmente. Pruebe lo siguiente: Haga clic en...
¡Se desconectó! ¡A la mierda!
Agarro el teléfono. “Si tiene problemas con el servidor, marque uno; dos, si necesita información acerca de su cuenta, tres si quiere información de los nuevos servicios, cuatro si quiere contratar internet, cinco si quiere comunicarse con una operadora”.
Cinco.
“Nuestras operadoras están ocupadas...”.
¡A la mierda!
Un trago, otro. Mi cabeza da vueltas. Philip Glass, Einstein on the beach, disco dos.
Al seco, el último trago, mastico los hielos, se derriten en mi lengua, mis dientes hacen cric, cric, crac. Mi cabeza da vueltas y cric, cric, crac.
Mi nombre. Enter. ¡A la mierda! Mi nombre. Enter. ¡A la mierda! Última vez, cierro los ojos, pido que esta vez sea, escribo mi nombre. Enter. ¡Eso es! ¡Esta vez sí! ¡Hay cuatro nuevos links! ¡Eso! ¡Seguro a este imbécil lo pillaron y le prohibieron salir a sus reuniones! ¡Lo habrán amenazado con despedirlo! ¡Hay cuatro nuevos links!
“Por fin aparece el gran Mariano Infante, triunfa en las tablas del teatro de La esquina, la joven promesa chilena...”.
“Una velada espectacular, Mariano Infante, joven actor...”.
“...gracias a su maestro, está donde está, declara Mariano Infante en entrevista exclusiva después de su primera actuación en...”.
“...Mariano Infante, joven actor, hoy debuta en Chile y...”.
¡¿Qué pasa?! Me están agarrando el pelo, seguro me están agarrando el pelo.
¡¿Quién mierda es este pendejo?! ¡¿Quién mierda se atreve a llamarse Mariano Infante?!
Suena el teléfono. Miro la pantalla, es mi editor. No voy a contestarle. “Mariano, ¿estás ahí?, ¿cómo estás? Sucedió algo inesperado. Sucedió algo no muy bueno para tu carrera literaria. Hoy apareció en todos los medios un tipo que se llama igual que tú, es un actor, un tipo de unos treinta años... un aparecido... bueno, pero estaba pensando si en tu novela agregamos además de Infante, tu segundo apellido... llámame, que la novela va a imprenta el viernes y tenemos que resolverlo pronto... No es tan terrible tener que agregar tu segundo apellido, ¿o no?”. ¡A la mierda! ¡Cagué! Escucho cómo los autos pasan por la calle, un bocinazo, otro, otro, miles de bocinas. Unos tipos se ríen. ¡Estarán celebrando el triunfo de Mariano Infante a secas, el actor, sin segundo apellido! Miro por la ventana y mi vecina, la llorona, tiene encendido su televisor. La muy tonta lo habrá encendido para ver las noticias de medianoche y enterarse de lo último de Infante. No tengo televisor. Enciendo la radio. Siento que mi boca se seca. Siento la rabia, la decadencia de mi carrera literaria. Ese maldito debe morir. ¡No!, pasará a ser un mito, lo adorarán y venderán chapitas para las colegialas. ¡No!, pero sí, debe morir. Busco la Cooperativa. Seguro ahí dirán algo. No me equivoco: “Hoy triunfa en las tablas Mariano Infante, joven promesa, actor, estudió en Francia y hoy vuelve a Chile y debuta con su obra Momias, del cual es director y actor”. ¡Imbécil! “...en entrevista exclusiva con cooperativa dijo acerca de su carrera: bueno, lo primero es que no quiero que me confundan con el escritor...”. ¡Maldito! “...ya me lo han preguntado varias veces, yo soy Mariano Infante a secas, creo que él firma sus libros con su segundo apellido”. ¡Mentira! ¡Maldito! “...bueno, desde que llegué a Chile he sido muy bien recibido. El movimiento cultural y la diversidad en Chile es maravillosa...”. ¡Hueco de mierda! “...me he encontrado con muchas sorpresas, carreras de gestión cultural, diplomados...”. ¡Este es un imbécil! ¡Me están tomando el pelo! ¡No podré publicar, me asociarán con este imbécil!
Vuelvo al google, lo necesito. Entraré a cada una de esas páginas. Ahí debe salir algún contacto de este pendejo. Voy a salir a buscarlo. Debe andar celebrando en los bares de Lastarria o en los bares ultra urbanos y electrónicos. Voy a abrir cada uno de los links que encuentre. Buscaré una foto. Aquí está el desgraciado, es atractivo, delgado, viste de negro, peinado punk, debe andar con la misma ropa que sale en la foto, quizás ya tuvo sexo con mi vecina y la mexicana juntas. Voy a salir a buscarlo, ¡Maldito! ¡Él deberá usar su segundo apellido, él viene llegando, yo no, yo soy Mariano Infante y tengo mi prestigio en este país!
Marco el número de Patricia, actriz, ella debe saber de este tipo. Aló, Patricia. Estoy ocupada, Mariano. Patricia, es urgente, debo preguntarte algo. ¿Qué sucede?, dime rápido que estoy ocupadísima. ¿Conoces a un actor que se llama Mariano Infante y que llegó hace unos días a Santiago? ¿Para eso me llamas, imbécil? No conozco a ningún otro imbécil llamado Mariano Infante. Tuuuuuuut.
Llamaré a Olavarría o al viejo Maldonado, editores de cultura. Ya habrán hecho el contacto con él, y mañana sacarán la exclusiva en sus diarios. Ellos sabrán, seguro. El whisky se acabó, necesito un trago. Creo que queda algo de ron del fin de semana pasado. Lleno el vaso. Un sorbo, sin hielo. Está dulce, tibio. Un sorbo largo, larguísimo. Me sé el número de memoria. Aló, Olavarría. Mariano, por fin apareces, tenemos ese compromiso con la editorial, debes enviar la crítica ahora, ¿recuerdas el canje que hicimos con la editorial? Te llamo por otra cosa, te enviaré la crítica... ¡La quiero ahora en mi correo o te olvidas que seguirás colaborando! Dame el número de teléfono de Mariano Infante ¡¿Te volviste loco huevón? ¿De qué hablas?! ¡¿Crees que me tomarás el pelo para no enviar la crítica?! Tuuuuuuu.
Aló, viejito, viejito Maldonado, tú me vas a ayudar, necesito el número de Mariano Infante, necesito el número de ese maldito. Mariano, tranquilo, estaba esperando que me llamaras. Anota... Hotel Victoria, habitación 32, teléfono tanto y tanto. Gracias, viejo. ¿Te interesa una crítica de McCarthy? ...Te la envío, gracias viejo.
Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Otra caliente más en las grabadoras, seguro será la mexicana multiplicada por mil. Tuuuuuuuuuu. Me sirvo otro ron.
No sé aún lo que le diré a este pendejo. Es difícil enfrentarse a los cuarenta y cinco años con una situación así. Otro trago. Camino de un lado a otro. Gracias. Digo gracias mirando el cielo. Veo de lejos la luz de la ventana de mi vecina romanticona que parpadea, y siento deseos de ir a buscarla y darla vuelta en mi cama. Ella será mi madre y me consolará esta noche.
Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Anexo 32.
Aló, aló... ¿quién es?... Aló, aló... Tuuuuuuuu.
Imprimo la foto de Infante. El último trago de ron, está tibio, el último, el penúltimo, el último y ya está: todo al seco. Salgo. La mujer romanticona debe ser insomne, la muy caliente seguirá masturbándose. La luz aún está encendida. Tomo mi paraguas, las llaves de mi auto, mi abrigo. El abrigo está húmedo. Dejaré encendida la luz del comedor para que la romanticona crea que no está tan sola en este mundo. Todos los demás departamentos están apagados. El computador está hibernando.
En el auto, a todo volumen Nickita Serrano. Acelero, una luz en rojo, paso, otra y me detengo. Miro hacia ambos lados y paso. Otra roja y una amarilla. Un peatón se me cruza, casi lo atropello, pero lo esquivo al límite. Llevo mi celular. Me aseguro de que este imbécil esté ahí. Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Aló, aló... diga quién es... Aló. Tuuuuuuuuu. ¡Es este imbécil!
Tomo Bilbao y bajo a toda velocidad. Veo, de lejos, que los pacos están en la esquina controlando. Bajo la velocidad. Subo la música. Ellos me miran. Me observan, me miran, me miran y no me detienen, me miran y no me detienen. “Casi”, imagino estúpidamente. Bajo la música y subo la velocidad. Voy a noventa, a cien, ciento veinte kilómetros por Bilbao a buscar a este maldito pendejo de mierda que me ha robado el nombre. Una luz roja, la paso, otra y vuelvo a pasarla. Hotel Victoria, calle Monjitas. Me estaciono a dos cuadras. Me bajo del auto y tomo mi paraguas, estoy tranquilo, ahora debo dejar que las cosas sucedan.
Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Anexo 32.
Aló... ¡¿Vas a contestar o pido que la operadora me reconozca el número, y luego llamamos a los pacos?!
Tuuuuuuut.
Suena mi teléfono. Este pendejo habrá reconocido mi número. Miro la pantalla y es Olavarría. ¡¿Qué quieres?! Estás despedido. ¿Cómo que estoy despedido? No me has enviado la crítica, marqué tu número fijo y no estabas. ¡Borracho! Seguro que mañana a las once de la mañana estarás hecho un trapo y me llamarás diciéndome que estás con mal de amores, que eres un pobre abandonado, y etcétera, etcétera. No, Mariano Infante, ahora te la verás con la editorial. No te publicarán, ya que debes más de diez críticas y los libros los arrumbas junto a tu computador y los lees por placer. Este es un trabajo, alcohólico de mierda. ¡Yo publico donde quiero, Olavarría! No creas que es por ese canje ordinario que me van a publicar. ¡Hasta pronto, viejo! Tuuuuuuuuuuu.
Siento cómo el ron sube a mi cabeza, la mezcla de whisky y ron no es la mejor. Siento cómo mi cabeza hierve a ochenta grados. El google, maldito google. Este Infante me las va a pagar. Ese Infante va a desaparecer hoy de la tierra y se irá derecho al infierno. Siempre estuve preparado para matar a cualquiera que se me cruzara en el camino. Mi carrera literaria, mi nombre en el google, mi nombre en el google es mío. Mañana aparecerá muerto en los diarios, en la cooperativa, en la tele, y deberán poner su nombre completo. Decir que era el actor aparecido y no Infante, el escritor de renombre. Mariano Infante tanto y tanto, el actor, murió de una bala que interceptó su cráneo medio a medio. Los sesos quedaron desparramados por el departamento en donde se quedaba durante su visita a Chile. El mayordomo del hotel dice no haber visto nada. Las mucamas dormían y probablemente los demás turistas estaban ebrios en el bar del Hotel. Se teme sea el asesino de hombres famosos. Se teme que vuelva a atacar en los próximos días. ¡Imbéciles! Pero estaré yo, el único y real Mariano Infante, estaré para decir quién soy realmente. Me publicarán de un día para otro. Seré el que vivió y sobrevivió y además el que vende por montones. Mi nombre no se topará con el de un muerto, porque de los muertos no se habla demasiado, dicen los cristianos. Y el lolito que vino a probar fama a su país después de ir con una beca al extranjero será olvidado porque la información va demasiado rápido. Y me encargaré yo mismo de que se olviden de él y de sus nuevas costumbres extranjeras. Taparé su fama post mortum con excelentes críticas a escritores norteamericanos o europeos: Philip Roth, Anne Marlowe, Paul Auster, John Banville, Bernard Schlink y Gabrielle Wittkop. Estaré serenísimo escribiendo todas las críticas que debo y los cuentos por encargo que tengo para las antologías temáticas: cuentos de ciudad, cuentos eróticos, cuentos de invierno, cuentos de muerte, cuentos de desamor y de sexo, cuentos de países y de aeropuertos.
Camino. Buscaré antes un café internet abierto. Debo corroborar lo que pasa. La lluvia moja mis zapatos de cuero y siento cómo traspasa mis calcetines. Estoy ebrio. Veo que las luces de la ciudad están apagadas. Nadie en la calle. Debo entrar a internet. La romanticona y la mexicana pensarán sólo en mí. Estaré en el google. En este país de mierda si no apareces en el google, no eres nadie.
Camino y no encuentro nada abierto. Me mojo los zapatos y mis calcetines absorben el agua. Camino hacia mi auto. De lejos veo el letrero del hotel Victoria. Miro hacia el tercer piso y las luces están apagadas. Tal vez debería volver a llamar y cerciorarme de que este pendejo está ahí, y que además está solo. De pronto puede estar con una mujer montada sobre él y también tendré que eliminarla a ella. El ron está en mi cabeza. Ochenta grados. Tiemblo y siento algo de sueño. Podría dormir de pie. Podría agarrar la pistola y lanzar tiros al aire, luego correr hasta mi auto y dejar esto abandonado. Un auto pasa y se estaciona cerca mío. Camino. Dos tipos se bajan y me miran sospechosos. Camina en dirección al hotel Victoria. Los observo, uno de ellos a mí. Tal vez vienen por Infante. Tal vez Infante tiene guardaespaldas y éstos son. Tal vez Infante los ha llamado porque tiene miedo. Camino en dirección a ellos. Caminan más rápido y entran al hotel. Estamos los tres en recepción. El mayordomo se ha dormido. Cabecea. Estos tipos deben alojarse en este hotel. Subimos al ascensor y yo me bajo en el tercero, ellos también. Entran a la pieza 33, yo sigo y busco el 32, el de Infante. Departamento 38, 36, 34, departamento 32. He llegado. No golpeo. No toco el timbre. La manilla de la puerta se abre, está sin seguro. Entro. Lentamente voy tanteando qué sucede aquí adentro. Enciendo una luz. Primero la cocina, está frente a frente a la puerta de entrada. No hay nadie.
Aló, aló, ¿hay alguien aquí? Temo encontrarme con desconocidos. Aló. Enciendo la luz del comedor. Miro debajo de la mesa. Aló. Aló, ¿hay alguien aquí? El teléfono suena. No contesto. Voy al dormitorio. No hay nadie. He llegado. Por fin he llegado al departamento. Mi cabeza da vueltas. El ron no ha bajado. Encima del escritorio está el computador hibernando. Lo enciendo. Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx, de Diane Arbus, mi fotógrafa preferida. Intento conectarme a internet. ¡Mierda! La página web solicitada no está disponible sin conexión. Haga clic en Conectar para ver esta página. Miro por la ventana.
Necesito buscarme, encontrarme en el google. Soy Mariano Infante. Hace tres semanas que no aparece nada nuevo. Intento conectarme. Mi cabeza da vueltas. Vuelva a conectarse más tarde. El teléfono suena, miro el visor, es Olavarría. Aló, Infante, te he llamado toda la noche. Haga clic en Conectar para ver esta página. ¿Me enviarás la crítica de McCarthy? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me contestabas? ¡Seguro dormías completamente borracho, como siempre! Cuelgo. Haga clic en Conectar para ver esta página. Abro la ventana, tomo el vaso, mi mano agarra fuerza y lo tiro sobre el poste de luz, que seguro es el que conecta los cables a internet. Suena como una bala apresurada, como el inicio de una pequeña guerra. Del frente, se abre la ventana del único departamento que permanece todas las noches encendido, mi cabeza da vueltas, se abre la ventana, y no era una vieja romanticona, es un anciano, que me mira asustado, y me grita que soy un imbécil, que si tengo algún problema de personalidad.

3 comentarios:

  1. Como mencioné en el taller, no me gustó mucho esta historia. Trataba de crear expectativa, desesperándote pero al final no pasaba nada extraordinario. Además el conflicto principal no queda claro, ¿era la pelea de Mariano con la conexión para buscar su nombre en Google, o el hecho de que se encontrara con un homónimo famoso que pone en peligro su propia fama?

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  2. La traje a colación a propósito de cómo se estructuran los elementos en un cuento. Hay piezas que se unen perfectamente y otras están suelas. El ritmo es bueno, pero estamos de acuerdo, el final nos queda debiendo. A ver qué les parecen las otras lecturas.

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  3. Lo leí con muchas ganas, pese a que no me gusta hacerlo "en línea". Para mí tiene mucho ritmo, velocidad, pero también me quedé con ganas de otro final.

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