lunes, diciembre 07, 2009

Sólo cenizas hallarás de Raúl Pérez Torres


Una hermosa historia de amor, no correspondido del maestro del cuento ecuatoriano Raúl Pérez Torres, que la disfruten.

Sólo cenizas hallarás
Premio Juan Rulfo 1994
Francia

"y si pretendes remover las ruina
que tu mismo hiciste
sólo cenizas hallarás
de todo lo que fue mi amor. "
Toña La Negra

Te lo digo con el corazón en la mano, Patitas, cuando la conocí yo ya era malo sin excesos. Dios y el diablo me llevaban de la mano. Claro, tenía yo veinte años. Lo que pasa es que sus ojos olían a menta, ¿puedes creerlo? Es lo único que recuerdo. El olor de sus ojos que me viene en bocanadas. Sí, seguro, no es lo único, pero es lo que más recuerdo. Ojos desilusionados, como desvaídos por el tiempo.

Puede ser que te suene a falsete lo que te narro, pero toma en cuenta que este rollo ya está atravesado por el tiempo, la memoria y, de alguna manera, la cultura.

Siempre la espiaba a la salida de la Facultad. Sí, Filosofía, ¿qué otra cosa podía estudiar yo que no quería estudiar nada? Llena de polvo de tiza y pesa­dumbre salía ella de dictar sus clases. Me parecía a veces que primero salía ella, vacía, sin contornos, y luego sus mil años que se le metían en el cuerpo al final de la escalera. Era cuando se sacudía la blusa con un ademán efímero y se alisaba un poco el cabe­llo con un gesto y un movimiento imperceptible de su cuello que me alimentaba para toda la vida de ese tiempo de vida. No, ¿estás loco?, yo no era su alum­no, ni modo, ¿quieres saber cuál era la materia que dictaba? Enseñaba una disciplina que no existe: Cosmogonía del Vidente. Te imaginas. Era como pa­ra reírse. Yo me habría reído de no haber estado ena­morado como un perro.

Solamente tenía tres alumnos, medio lelos, que la seguían a todas partes como hipnotizados, le pren­dían el tabaco, la rodeaban en el café, le acomodaban la silla, le recitaban poemas orientales, pero especial­mente la protegían como una coraza para que no le llegara el mal viento, ni el susurro de los otros (que era yo), ni la música estrafalaria de Vangelis, en el bar, que porfiadamente decía "good to see you", ni siquiera la impotente caricia de mi mente que se des­perdiciaba entre el humo antes de llegar a tocarla.

Sí, tenía un nombre, pero era un nombre rutinario, un nombre que te hacía entrever el desafecto de sus padres. Se llamaba Esthela. Pero no es de su nom­bre de lo que quiero hablarte, sino de la estela que ella iba dejando en mi camino, camino que sin ella pudo haber sido el de un gran futbolista, o un tre­mendo líder, o por lo menos un auspicioso pederasta, pero ahí tienes Patitas, siempre la vida de un joven desalmado tiene sus ojos verdes, y fue en una exposi­ción del pana, del Marcelo Aguirre, donde por fin Esthela detuvo su trajinar para reparar en mí. Sí, des­pacio, loco, como tú dices, despacio te desenrollo es­ta historia para que dure más en la cerveza que en la vida real. Marcelo Aguirre, o sea ese pintor que ha bajado a los infiernos, el que nos ha abierto una puerta que no se sabe a dónde llevará, sí, sí, pero no, tus lecturas son tibias, ligeras, nada del Dante, nada de Beatriz, apenas la zorra de la inteligencia devo­rándose a sí misma.

Ella estaba sola en uno de los salones, es decir que la sorprendí sola, ¿entiendes lo que te quiero decir?, estaban sus tres zombies, desde luego, pero ella esta­ba sola, sola, desprotegida, desmamantada, huérfana, ella y el cuadro, ella y el túnel del óleo. ¿Te dije Pa­titas que yo ya era malo sin excesos? Bueno, me pu­se atrás de esa soledad que daba frío, atrás pero enci­ma, pero dentro, ¡maldita sea, para qué sirven las pa­labras!, las palabras son como la camisa, nunca la piel. Bueno, me puse atrás de su nuca, en posición de orar al dios de su nuca, a que me escuchara aquel músculo porfiado y en actitud de firmes, les pedí a Yahvé, a Otúm, a Pachacámac, a Jesús, a Taita Mar­cos, una brizna de solidaridad y de energía para que alargue las manos de mi cerebro en actitud de súplica y el milagro se dio, ella regresó su mirada llena de colores tétricos y se topó de golpe con la felicidad de mi edad.

Fresco, suave nomás. Ponte las pilas para que cap­tes. Lo que te cuento tiene mucho que ver con la cer­veza y con aquello que en ese tiempo se llamaba te­nacidad. Así se acercó ella a mí en ese momento, obsesionada por la fulguración de mi amor, pálida te puedo decir si la palidez tiene el color de la magno­lia, como dice el bolero, se acercó pálida, se acercó lívida y tímida y besó el carbón de mi mejilla al tiempo en que decía, casi avergonzada de su desaso­siego: "el sueño es la mayor conquista del arte mo­derno". "No", le dije yo, mientras viajaba por el oro de su vejez, "el arte moderno es la pesadilla".

¿Qué más quieres que te cuente? El resto es siem­pre el resto. La magia es el principio, el resto es el final. Lo que sucede es que con ella siempre fue el principio. Ya luego empecé a conocer sus cadenas, el simulacro de los años sesenta, la algarabía román­tica que alguna vez vivió y que la dejó desarticulada como la plastilina, sin ánimo de enfrentar este riquí­simo tiempo del vacío.

De allí fuímonos (te lo digo con esa palabreja para aclararte la velocidad) fuímonos hacia Guápulo, so­los, por primera vez, solos, a recoger sus pasos, a re­coger su edad. La noche era muy noche esa noche. A veces me parecía que era como la sonrisa del ne­gro, es decir una noche con espasmos, es decir una noche que por momentos se blanqueaba, chispeaba, con sus palabras.

Hablaba mucho, atropelladamente, me recriminaba mi tiempo en el que se habían perdido las rosas, y la sensualidad, y las palabras bellas, y las utopías. "Qué son ustedes", me decía, con el afán de meter en un saco mi juventud, "generación ambigua, irónica, desalmada; ustedes alimentan la vaciedad, son 'mon­jes' del vacío, eso es lo que son, viven al día porque el pensamiento no les alcanza para el otro. ¿Crees que no te he mirado, crees que no he mirado tus tris­tes poses de estar más allá?", y lo decía poniendo én­fasis en ese "más allá" que lo tiraba más lejos "uste­des han llegado al momento de la nada intelectual", ("¿no has leído a Macedonio?", me preguntaba mien­tras yo desfallecía en el ojo de su cintura) "ustedes tienen una especie de humorismo trágico de la vida, y está centrado solamente en la emoción, en el estado de ánimo, en la ironía, sin conciencia moral ni política. A nosotros nos asombraba todo, íbamos de asom­bro en asombro, de descubrimiento en descubrimien­to, de búsqueda en búsqueda. ¡Asómbrense de vivir carajo!".

"De vivir a la vera de un río pestilente", dije yo, "un río de palabras gastadas, de actitudes gastadas". Pero solo lo dije por parecer duro, por alimentar su palabra. Desde luego prefería que ella hablara, que me desnudara de todo conocimiento, de toda refle­xión. Te digo sinceramente, casi no me importaba lo que ella pensara. Ella no creía mucho en lo que de­cía, o en el mejor de los casos, estaba dándole de co­mer a su culpa. Pero qué me importaba su culpa mientras tuviera a mi lado esos huesos fosforescen­tes.

Guápulo. Yo ya sabía todo de las calaveras, de las lecturas, del ácido, de la pintura, de la mariguana que se había consumido en homenaje al hombre nuevo, inclusive ya la había entrevisto en sueños a ella (¿si te he dicho que yo primero sueño y después vivo?), vestida de negro o con algún estropajo hindú, sanda­lias, un collar de coral y pepitas doradas y su shigra repleta de piedritas de cuarzo, de ámbar, y de un Sartre subrayadísimo y manchadas sus páginas con el amarillento y circular alcohol de la vida, subiendo agitada, bullente, pictórica quizá, con una alegría co­munitaria, una alegría de minga, porque un poco era eso lo que hacían, minga para arreglar la cabeza, para arreglar el mundo, para desarreglar el orden. Sí, yo la miraba subir, en el sueño, con su rostro triangular que ya pronosticaba abatimiento, y mientras ahora me hablaba como de una gran lejanía, como si fuera su eco y no ella, yo la veía subir, y subir, y subir, quince años antes, incansable, urgente, llena el cora­zón de carbones encendidos, y de los Beatles, y de Los Panchos, sin pensar ni por un momento en la ce­niza que iba quedando en el camino y que esa noche, precisamente, la estábamos recogiendo para que ella calentara un poco su corazón.

Arrimada al mirador del calicanto, de espaldas a mí y a la Iglesia, bebía del tarrito de cerveza alema­na, como los pájaros, con breves piquidos, con un le­vísimo sonido gutural, con una persistente, tenaz saudade (dicen que no hay traducción para esa pala­breja pero conténtate con saber que se trata de una bola de melancolía que se te atraganta en la memo­ria) mientras yo me dirigía al carro y ponía en su ho­nor aquel bolerísimo recuperado por Luis Miguel:

"usted es la culpable de todas mis angustias..." Sí, de todas mis angustias Patitas, menos de esa, menos de la angustia de estar a su lado y beber el tiempo de su cuerpo, porque esa no era angustia, sino algo co­mo el salto en paracaídas. No, no he tenido esa ex­periencia, pero sí alas delta, me he lanzado desde Cruz Loma, ha de ser algo así porque su cuerpo era un abismo en el que yo iba cayendo poco a poco, un abismo de sortilegios y de hechicerías que me iban llevando en el aire hasta la cima de esa época, que por ella, hubiera querido vivirla en carne propia.

A la tercera Clausen, me dijo con desparpajo que ya se orinaba. Por allí había una casetita que alguna vez sirvió para esos menesteres pero que ahora yacía cuarteada, vacía, sin la alegría del desagüe del retre­te; para allá se dirigió acompañada del oso de su me­lancolía. Su estela me arrastraba con la fuerza del hu­racán, pero claro, no la seguí, no seas tan burdo; es­peré que regresara y con su permiso me volé al mis­mo sitio. Su olor todavía estaba allí, más penetrante aún, más tirano, y allí estaba la hierba humedecida por su urgencia, me incliné entonces y recogí con un­ción una hojita sobre la que había orinado, hasta aho­ra la tengo guardada entre las páginas del / Ching, Libro Sagrado que algún día me regaló para que su­piera quién era yo y a dónde iba. De vez en cuando la saco para olería, sí, la hojita, aún conserva ese singu­lar sabor a su pubis, que era como de té pero un po­quito más salobre. Sí, de té, no sé Patitas, no sé, nunca he probado la infusión de coca, ¿un poco amo­niacal?, no es eso lo que quiero decir, mientras yo me esfuerzo por encantar tú te esfuerzas por descifrar. Claro, eres más pollo que yo.

“Estás preciosa", le dije mientras miraba emboba­do su perfil nítido, negro, recortado en el turbulento lila de esa noche. "Pareces una mujer de Viver". "Tú estás loco", me dijo madremente, acariciando mi rostro con el dorso de su mano fría, "pero tu locura es demasiado normal".

Bueno, en vista de que mi inocencia me tornaba impune, le rogué que fuéramos para mi cuarto, "allí tengo unas reliquias musicales", le dije sin ánimo de ofenderla, o no sé, "allí duermen entreverados Lucho Gatica y Led Zepellin, María Luisa Landín y Tina Turner, Elvis Presley y Daniel Santos, Leo Marini y Nat King Colé. Y claro, Julio, siempre Julio" ¿Iglesias? ¡Qué Iglesias! no seas tarado, Julio Jaramillo. "Vamos", me dijo, hiriéndome en alguna parte por su falta de resistencia.

Pero pedí más cerveza, Patitas, si quieres que te eche el resto. Aunque el resto ya sabes...

Bueno, la primera noche me porté como un enano verde. Si te cuento lo que pasó no me creerás, pero ahí te va. La primera noche lloré por su belleza. Cuando la miré desnuda me eché a llorar como un coreano, era tan conmovedora, tan desgarrante su desnudez, apenas quedaba bajo el sol pecoso de su hombro el corpiño de encaje negro, la vacuna, para qué decirte más. De puro desprotegido me afiancé a sus pechos lánguidos, no, no era nostalgia, ¡qué Edipo!, nada de Edipo, era solamente miedo, miedo a la maravilla. Besaba sus pechos y ella agrandaba los ojos, yo sentía que por aquellos ojos entraba mi edad, toda la nostalgia que ella sentía por mi edad. De to­das maneras fue un fracaso. Casi siempre la primera vez es un fracaso, no, no es disculpa, lo que pasa es que los cuerpos no se ensamblan, no se constituyen, se miran extraños, como animales.

Luego, varios días después, el aleteo y el quejido fueron uno solo, pero aquella noche yo sentía, no sé por qué, que hacíamos el amor junto a una gran mul­titud, quizás era a causa de sus recuerdos, que entra­ban en bandada en el cuarto, se apoderaban de mi lengua, de mis manos, de mis ansias, y hasta sentía que me querían echar de la cama como a un indeseable.

Cuando dimos fin a ese simulacro, ella se puso muy triste y empezó a llorar, llora que llora, con un llanto lastimero, monocorde, como la garúa de Lima. El silencio era una charca llena de sapos. Al amane­cer se vistió y se fue. Esthela. Me puse entonces a recoger su inteligencia olvidada en mi cuerpo, con la esperanza de cotidianizarla, de darle un sentido más sencillo, menos agitado, pero nada, porque a partir de aquella noche empecé a amarla como un autista, co­mo una yegua mansa que la seguía a todas partes, que hacía todas las cosas por ella, para ella, no que­ría que ella hiciera nada doméstico, nada prosaico, nada humano en definitiva, le traía agua pura de una acequia sagrada del Pichincha, le preparaba infusio­nes de hierbas para sus malestares, le calentaba los pies frotándolos con mis labios, coleccionaba bromas para sus horas de espanto, le compraba frutas exóti­cas para perfumar su piel, níspero, pomarosa, manda­rina de viento, contrataba saltimbanquis para su sole­dad, en fin, yo estaba en el mundo para servirle, para que su corazón no sufra la trivialidad, ni la estupidez, ni la maldad circundante. No estar a su lado me frac­cionaba. Alguna escena de teatro, un libro, una can­ción, una película que ella no podía compartir conmi­go, me dejaba triste, disminuido, paralítico, ¡carajo!, puede que yo exagere como una mala corista, pero qué quieres, va media docena, y este momento todo tiene su sombra, hasta el color de la cerveza me re­cuerda las mariposas de su risa. Me resultaba un mar­tirio, una tortura no estar a su lado, yo, imagínate, que siempre me retiraba de las peladas para poder extrañarlas, para poder quererlas un poquito.

Casi siempre amanecía a su lado porque ella me concedió la gracia de dormir en su casa los días lunes, miércoles y viernes, que no eran días de mal presagio. Pero aquellos amaneceres en los que despertaba solo en mi cuarto, poco a poco iba tomando conciencia de eso que los ciudadanos llaman realidad; me encomendaba a ella como a una diosa, para que ayudara en ese nuevo día a soportar la presencia de los militares, la caída del pelo. el olor de los cu­ras, las charlas de la familia. Entonces me levantaba y tenía apenas ánimo para llegar a la ducha y soñar en el agua su cuerpo líquido.

No te rías cabrón, no tenía nada de cómico, yo es­taba llegando a la locura de la sensiblería, como la de los homosexuales. Imagínate que un día por teléfo­no, me dijo con su voz de felpa "te he estado pensan­do" y yo quedé tan triste y desolado como un trapea­dor, porque eso significaba que había momentos en que no lo hacía, en que no me pensaba, entonces yo, ¡estúpido alfeñique!, ¿por qué no podía sacarla de mi maldita cabeza ni por un instante?

Por aquél tiempo yo deletreaba la poesía, sí, nunca pasé de allí, pero quién a los veinte años no ha orde­nado en columna sus vulgaridades y sus quejumbres. deletreaba la poesía y la atormentaba diariamente con mis poemas y mis flores que ella se las llevaba a sus labios con un gesto que en alguna parte era japo­nés... A propósito de japonés, por ese tiempo apare­ció el alemán, un antropólogo con ojos de frambuesa que había alquilado un cuarto en lo de Esthela. La primera vez que lo vi conversando con ella. el cora­zón se me fue al piso, era lindo el cabrón, lindo como un retablo, como un dios. como el rostro de Marión Brando al momento en que muere en "Los dioses vencidos", ¿viste esa película?, ¡qué va!, vos no has pasado de Pink Floyd hermanito. Bueno, te digo que era lindo y a mí su imagen junto a la de Esthela me hizo trizas, me desbarató más bien dicho porque era como si alguien hubiera puesto en el rostro del joven Jesús el aura que le faltaba, y luego, más tarde, la atormenté sistemáticamente con mis celos absurdos, sin que ella diera la menor importancia al hecho, con su carita llena de amor, con sus labios húmedos que se prodigaban en reconocer todo mi cuerpo, un cuer­po joven que todas las noches estaba inventando, pa­ra ella, inventando tanto que alguna vez me dijo: "lo que más amo de tu cuerpo es la perversión, es una perversión que no te concierne, como la de los ni­ños", pero yo siempre a la expectativa de sus gestos, a la caza de algo que me descifrara su malquerer, al­go que no podía definirlo ni siquiera en las nítidas noches largas, insomnes, en las que me pasaba como si fuera un amanuense de sus mínimas palabras, de sus actitudes, de su mirada desmayada en otros carre­tes. Nunca había tenido cerca de mí un rostro que cambiara de expresión con tanta rapidez, de repente era la perplejidad, la estupidez, la tristeza, muy poco. pero muy poco la alegría. Su rostro era piséis, ¿está claro?

Muchas veces ella mortificaba mi amor hablándome y hablándome de cosas pasadas, mientras la miraba ya desnuda, abierta como una amapola, sentada sobre mi pecho y yo sin poder contener la vulgaridad de mis manos, de mi lengua que quería paladear la miel salada de sus muslos, porque yo no necesitaba escucharla sino bebería, saborearla, catarla, entonces frente a mis ansias se paraba en seco y me miraba con ojos extraviados, lejanos, fríos. ¿Qué pasa?, le preguntaba yo con la vergüenza que se siente frente a la propia desnudez analizada, y ella me respondía, "no pasa nada, la edad es lo que pasa", y se ponía a hablarme de sus malditos años sesenta, de no sé qué guerrilla y no sé qué montañas. "Recuerdo", me de­cía, "recuerdo aquellos años, cuando todavía nos amábamos los unos a los otros, y nos respetábamos, y la inteligencia era como un vino macerado que se repartía una y otra vez". Pero me lo decía de una manera tan lejana, tan vaga, como si fuera una refe­rencia al paleolítico. De esas sesiones yo salía abu­rrido como un esquimal porque luego ella saltaba de la cama sin consideración alguna a mi hombría, y se ponía a sacar de sus cofres aquellos recuerdos con­servados con naftalina, fotografías amarillentas de cuando era reina del colegio, presidenta del curso, abanderada, campeona de oratoria, hijita de papá, sus quince años, sus veinte en un canchón de Portovelo abrazada de Olimpo Cárdenas, y las revistas Ecran y Lana Turner y Ava Gardner y Rock Hudson, ¿sabías Patitas que era maricón?, y James Deán y Julieta Greco y se ponía a recitar pilches poemas de César Dávila, de Vallejo y del coquito Adoum. No sé por qué ahora que estamos chupando, mi recuerdo de ella se parece a la viudez, pero no es para tanto hermano, no te pongas amargo, pareces argentino, espérate un momento, ya vengo, voy al baño, siempre que me pongo muy lúcido siento ganas de vomitar.

Bueno, te sigo palabreando. Una noche soñé que ella me hablaba en otros idiomas, te das cuenta pen­dejo, me hablaba en otros idiomas, ¿por qué soñé que me hablaba en otros idiomas? No lo sé, ya no me importa, pero pesado y amargo y borracho como es­taba, los huracanes de la liviandad me permitieron permanecer despierto y angustiado hasta el día si­guiente en que me levanté y fui a su casa mordido por perros imprevistos. Golpeé su puerta, su adorada puerta de madera vieja que yo había claveteado con rigor para que no le entrara el frío. Ella la entreabrió con el desasosiego triste de la complicidad, su rostro estaba lleno de pesadumbre (déjame decir pesadum­bre para que mi dolor sea menor), pero no, ¡qué va!, era cansancio, agotamiento, a ti no te puedo mentir, a nadie puedo mentir.

Sírvete la última cerveza. Patitas, ya van a cerrar, pero lo que viene merece la última bielita, bien, no es nada, no pasó nada, más bien dicho lo que pasó es nada. Solamente que al trasluz, en el intersticio que dejaba su pelo desordenado, pude divisar nítidamente la figura dorada y desnuda del alemán. Imagínate es­to: sus ojos espantados mirándome, y atrás, alum­brando la cama, el sol del alemán.

El vómito me alcanzó en el patio de los geranios. De mis entrañas empezó a salir una masa negra y pe­sada, como de sangre coagulada y me vino a la cabe­za aquella imagen o palabra que vi o leí en alguna película o libro. El venado cuando se ve perdido se deja morir. No lucha. Le estalla el corazón. Solo eso. Le estalla el corazón.

Eso me habría pasado a mí Patitas, si en la esquina no me encuentro con el flaco Encalada que traía mi maletín de fútbol en la mano. "Te he estado buscan­do por todas partes", me dijo, "ahora es la final del campeonato y tu mamá me sugirió que te buscara donde la vieja".

Fue el día en que ganamos cinco a cero al equipo de la Belisario.

Yo hice cuatro goles.


11 comentarios:

  1. Dios santo!!!! jajaja pobre hombre! La verdad si se necesitan un par de cervezas o vino para calarse la historia de amor sin interrumpir.

    Me gustó, solo me parece un poco larga. Me gusta que esté llena de detalles que nos ubican en los tiempos, el tiempo que recuerda ella, el que recuerda él y el actual.

    Definitivamente, me toca detallar el mio... pierdo mucho al sintetizar...

    ResponderEliminar
  2. Pues cada historia tiene su dimensiòn, eso decìa Huilo Ruales, cada historia tiene dentro el germen de su extensiòn. Esta es así, me gusta por poética: Los cuatro goles. ¿Còmo lo interpretas?

    ResponderEliminar
  3. A mí también me pareció un poco larga Sol pero me gustó el tema de la nostalgia y recuerdos.

    Pues lo del fútbol y los goles me parece una manera de trivializar. Así es el amor adolescente. En el momento sientes que vas a morir, que tu vida gira en torno a esa persona, pero al ratito ya lo olvidas.

    ¿Cómo lo interpretas tú?

    ResponderEliminar
  4. Me parece que encuentra la manera de desahogarse, gracias a Dios fueron 4 goles y no 4 tiros... La escena se prestaba para un crimen pasional. Yo no sé que hubiera hecho...

    ResponderEliminar
  5. Pues es el seguir en pie a pesar del dolor. Su corazón estaba a punto de estallar, pero la edad lo salvó, por eso ganó el partido y por eso hizo los cuatro goles, sino le iba a explotar el corazón como los venados, lo dice textualmente. La juventud se impuso a la pena, pero a veces, en noches como esa, se recuerda. Es una de mis historias de amor favoritas, la verdad. Hay mucho que decir sobre el tema de la edad, de la amistad, del manejo de los personajes, de lo poético. Raúl es un narrador brutal...

    ResponderEliminar
  6. Tienes razón, tiene todo el tiempo para comenzar otra vez. Yo tuve un enamorado chiquito y la verdad, la juventud, y siempre me lo han dicho, les juega peor, casi le estalla el corazón como al venado. Por eso, a lo mejor no fue tan obvio para mi.

    Hay protagonistas y protagonistas... es un muy buen cuento.

    ResponderEliminar
  7. Yo también viví una relación con un chico más joven y amé, de joven, a un hombre mayor a mí con veinte años. El amor tiene diferente textura con la edad y uno aprende a ser menos inteso, menos apasionado, menos " mortal". Todos empezamos amando así, luego el amor se torna una cosa menos dramática. No sé si tentir por eso pena o alivio.

    ResponderEliminar
  8. Chicas, ahora que lo han dicho ustedes, si está clarísimo lo del desahogo. A lo mejor por esa misma razón sea más fácil para los jóvenes superar un corazón roto. Con tantas actividades y cosas cambiando en su vida, tienen formas de desahogo que los adultos no.

    Tienes razón Sol. La intensidad va bajando. Por lo menos a mí, este año se me ha terminado de caer la venda de la inocencia en el amor. En parte me da pena, pero sé que voy a querer con más tranquilidad ahora. Eso sí, me alegra haber vivido esos amores locamente intensos. Sin haber sentido esa clase de pasión, no sé si se puede decir que uno ha vivido realmente...

    ResponderEliminar
  9. que mal leyeron el cuento MI DIOS! dedíquense a lo suyo y sigan chismeando por otros lados.. SEÑORAS

    ResponderEliminar
  10. auxilio!! quien es este fernando montenegro? una lectura autorizada venida desde el olimpo perdido (perdido, perdidisimo... afortunadamente) del poli sistema cultural contemporaneo? un defensor de la lectura asceptica hija bastarda de bloom del patriarcado latinoamericano? un superheroe freudiano del histerismo decimononico?

    quien quiera que sea, si es, resulta paradojico que su escritura sea casi igual a la del pobre perez torres que se quedo en la nostalgia del macho, del bolero, de la mujer sin contornos... (y ahi se quedo, con un rulfo y otros dos cuentos decentes y la casa de la cultura ecuatoriana como regente literario de la mediocridad de una decada). la literatura y sobre todo su lectura afortunadamente ya no "es" solamente eso; ni su interpretacion, debe estar leida por los ojos "autorizadores" (vease su complicidad con el autor, o mejor como lectura que lo legitima dependiendo de determinadas tematicas y posicionamientos teoricos) que pretenden "leer bien" los textos.

    montenegro a leer (a destiempo, pero nunca es tarde) a jauss, a barthes, a williams, a kristeva. urgente leer a wittig, a spivak, a butler... en fin, a leer teoria para pedirles a otros (otras,en tu binarismo) que aprendan a leer adecuadamente.

    ResponderEliminar

Seguidores