El tiempo y el espacio son elementos muy importantes en cualquier narración porque ayudan a hacer avanzar la acción, es decir que " las cosas pasen". Usualmente potencian la intención del narrador si es que no termina llevándose toda la historia. A continuación, un cuento del libro " Una noche frente al espejo" de la guayaquileña Livina Santos, llamado " Clasificados", como un ejemplo del manejo del tiempo junto con el diseño de personajes.
Clasificados.
Mi hija nació hace poco tiempo. No recuerdo exactamente su edad, pero serían unos nueve meses desde que aprendió a caminar y ayer la vi que corría detrás de la pelota. A noche la niñera me repitió unas frases que Viviana dice sin dificultad. Hoy quiero llegar temprano a casa porque mi hija crecey casi no me doy cuenta. Ya empiezo a buscar el jardín de infantes al que la mandaré dentro de unos pocos meses y siento nostalgia de ella, ganas de ir a abrazarla. Aunque la verdad es que tengo tantas cosas que hacer que por más que lo intento, no puedo todavía decir: y pensar que un día, en la mitad de lo que es ahora ( no, pensándolo bien ya tiene que haber triplicado ¿cuadruplicado? su tamaño de recién nacida). Hoy voy a llegar temprano a casa.
Mi hija es tan ordenada que pone cada cosa en su lugar, cierra puertas, cajones, tapa carros, sabe dónde está el tacho de la basura, limpia ceniceros, le gusta estar peinada y bien vestida, en fin, una niña modelo. Voy a llegar temprano para hacer de mi hija toda una mujer. Como es inteligente será una brillante alumna. Menos mal, así no tendré que andar detrás de ella para que cumpla con sus tareas. Cuando sea adolescente seremos muy buenas amigas. Actuaré de tal manera que cuando crezca sea una persona muy equilibrada. No voy a dejarla sola. Compraré la enciclopedia de la madre moderna que me están vendiendo en la oficina. Sofía me la recomendó porque la ha ayudado mucho en la crianza de sus hijos. Leeré todas las noches un capítulo y releeré los que sean necesarios. Mi hiija será, además de linda y estudiosa, inteligente y una excelente ama de casa. No fallaré, estoy decidida, no habrá nada que haga cambiar mi desición. Llegaré temprano a casa ni no seré solo su amiga, sino, también amiga de sus amigas. Para ganarme su confianza les ayudaré a hacer una fiesta y conoceré también a sus amigos. Creo que son muchos porque he escuchado algunas conversaciones telefónicas doonde se confunden nombres y situaciones. Tengo urgencia por llegar a casa. Las empleadas están alarmadad por ciertas conversaciones de mi hija con sus amigas, pero no me quieren decir de qué se trata. Yo también estoy alarmada. Ayer encontré los ceniceros de su dormitorio lleno de colillas, papeles en el piso, ropa por todas partes y sobre la cama, un periódico abierto en la página de los anuncios clasificados. Había señalado algunos avisos: departamento para señoritas.
Quedé en explicar con mayor detenimiento lo que era una estampa y de qué manera la utilizar este recurso para ejercitar mejor la destreza de la narración. La estampa consiste en enumerar los detalles de un personaje enmarcado dentro de un espacio ( el espacio es importante) de tal manera que parezca la instantanea de una foto. Otro nombre para la estampa es tarjeta postal o mosaico. Como su nombre lo indica " estampa", parece dar cuenta de un tiempo detenido donde lo importante es la sugerencia que da la descripción. De cuan efectiva sea la manera de plasmar los detalles, mejor será la estampa. Miremos el caso del autor mexicano, Guillermo Sampeiro.
Rocío baila
Rocío baila bajo la tela frágil de su vestido negro una danza de certezas que obliga a su cuerpo a formar constantes símbolos inéditos del transcurrir; los puntos blancos del vestido en la noche ajena y en la de Rocío son un delicado, frívolo, ágil, decadente, fugitivo cosmos que dibuja los femeninos malabares de sus brazos, las bondadosas contorsiones de la cintura y los gestos dolorosos y cálidos de su faz. Crean en el aire de sombras una mágica sucesión de esculturas móviles, configuraciones cambiantes del erotismo. Rocío baila en el borde de esta noche, sus muslos morenos penetran y abandonan la penumbra; a momentos son parte de la oscuridad y la traicionan luego para ser ellos la noche misma, las firmes y ligeras piernas de la noche. Rocío baila en el fin de los giros oscuros y sobre el piso sus pies delinean novedosos signos del zodiaco.
A todo esto, este escritor de cuentos cortos es fantástico.
Elementos a considerar: El personaje, otra vez
Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro de neanderthal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, redondos y rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hacia abajo y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos.
Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa. Él le narraba con gracia su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones pormenorizadas de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Fue un amor verdadero, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.
(*) Este microcuento forma parte del libro ANGELES Y VERDUGOS , publicado en 2002 por el autor, bajo el sello de la editorial Mosquito.
Locos, este sábado 12 de septiembre, me olvidé de darles un ejemplo decente de caraterización. Estoy posteando, ahora, un fragmento del cuentista colombiano Antonio Ungar, que a mí me parece fantástico. El cuento se llama " El circo Lumani de los olvidados". A continuación, coloquemos sus ejemplos de personajes caracterizados por sus rasgoz físicos:
" En las graderías, mientras tanto, los muertos, los protagonistas, solo piensan en cosas como un sudor incómodo en la cintura, una costra inalcanzable en algún rincón de la espalda. En el charco espeso de la entrada, en alguna moneda negra de dos pesos en le bolsillo izquierda. En la nuca sucia de otro muerto, que es la nuca sucia del mismo muerto, también..."
La encontré una madrugada, descuajaringada, saliendo del Seseribó con su novio, un rubio que olía a porvenir dorado. Llevaba los ojos a la espalda y la cartera en bandolera; uno de los tacones se había quebrado y con el zapato en la mano, desconsolada, golpeaba una y otra vez en la ventana del Bronco mil nueve noventa y tres. El rubio le increpó de mala manera con su voz gangosa y ella se lanzó contra él, en cámara lenta, con un gesto tristemente alcohólico. El hombre, rechazándola de un empujón, abrió la puerta, prendió la máquina y se alejó tumbando el triángulo del parqueo y gritando alguna blasfemia en inglés. Se sentó desconsolada en la vereda y empezó a hurgar desesperadamente en la cartera. Me acerqué despacio y le ofrecí un cigarrillo prendido. Levantó sus ojos vidriosos entrecerrándolos y con esfuerzo me dijo: –¿Eres milico? –No –le dije–, es una chaqueta heredada. Sonrió entonces y exclamó, ya segura: –Soy una perversa en estado de pureza. Luego empezó a llorar con dedicación con grandes suspiros, con gestos ambiguos, como si estuviera ahogándose, limpiándose la nariz con el dorso de su mano dormida. Me senté a su lado en silencio, mirando cómo las lágrimas formaban un hilillo negro que iba de sus mejillas a sus labios, y empecé a recordar lo que decía mi tío Nacho con respecto a las lágrimas, lleno él también de soledad e ingratitud: “Toda gran pasión termina en una gota de agua. La memoria sólo existe para eso, para acumular olvido. Soportar la ausencia es el olvido”, y se tomaba su ron como quien está comulgando. –Vamos –le dije dulcemente– te llevaré a tu casa. En estos tiempos un hombre no significa nada, peor si es gringo. Se rió con ganas y se arrimó a mi hombro. Su cabeza pesaba, olía a tabaco. –Vamos –insistí– ya es muy tarde. La luna. Siempre la luna. Cara de tonta la luna a esas horas. Una hora antes yo había salido de mi casa, para enfrentarla (a la luna), para que me dijera de una vez y al aire libre lo que quería decirme a través de la ventana de mi dormitorio, mientras Viviana dormía a mi lado con la placidez de los cadáveres, y yo estropeaba la última pesadilla para levantarme decidido e ir tras su huella de plata. Pero ya no me importaba la luna. Me importaba ese juguete lloroso que a ratos se estremecía y lanzaba leves suspiros que iban dejando atrás al llanto. –Está bien –me dijo limpiándose las lágrimas– me levanto si me das un beso. Un beso. Sal, saliva y lágrima. Un beso que cubra mi agobio, la pesadilla nocturna, la mariposa negra de la cotidianeidad. Un beso entonces para comenzar a recorrer los laberintos del azar. Echamos a caminar. –John es mi novio –me dijo con una voz asustada–. Tengo un novio de porquería. Entrelazó su mano a la mía y como siempre empecé a ahogarme. Caminaba danzando, metiendo en su cuerpo la alegría de la madrugada. Por allí tomamos un taxi y ella dio una dirección. Los Sauces. Avenida de Los Sauces. –Los sauces llorones –dije. Ella se apretó contra mi pecho, alzó su rostro y me dijo: –No me dejes sola, no esta noche. Así que también ella. Así que el vacío era ecuménico. Así que esta luna regaba soledad por todas partes. Así que el miedo y la tristeza y la angustia viajaban en taxi por las calles de Quito. Así que nos iba creciendo como una nueva piel, como una nueva costra. Sus padres vivían en la casa delantera, ella en el departamento de atrás. En el tiempo de las vacas gordas ese departamento lo utilizaban las criadas. Pero ahora, tú sabes... –Podrían despertarse –dije, mientras ella jugaba con las llaves como si fueran cascabeles. –Siempre duermen como osos –me dijo. Duermen seis meses y seis meses trabajan. Son asquerosos. Legañas y ojeras. Prendió la luz. Un dormitorio de juguete. Horrorosos afiches de Frida Khalo sujetándose con hebillas todas sus enfermedades. Por allí un Chaplin que era un alivio. Un colchón en el suelo, libros tirados y en una silla de mimbre dos o tres calzonarios como rosas. Se acercó a la casetera y aplastó un botón. Un ronco estertor salió del aparato: –Es Janis Joplin –dijo– me muero por ella. Me gustaría atravesar su garganta. Prepara un bareto –masculló, señalando los libros del veladorcito–. En el libro de la Yourcenar hay un poco de hierba. Y luego fue al baño. El ruido de su vómito espasmódico, largo, hizo por un momento dúo a la voz de la Sony. Cuando salió era otra. Pálida y bella como una virgen del medioevo, con una camisa de hombre por toda vestimenta, un cuerpo desprotegido, falto de insolencia, un cuerpo de hermana, que me lo ofreció sentándose junto a mí. Con tristeza empecé a divertirme con los botones de su camisa, sus gestos eran tan intensos que me reprochaba la pasividad de los míos, y he aquí que de pronto sentí la bruja de su carne, bruja blanca apretada contra mí, violentándome, produciéndome quejidos de asombro y de deseo. Se sacó la camisa y dijo: –Por hoy basta de preámbulos. Su cuerpo desnudo era un canto al arte de la brevedad, como esos cuentos perfectos que jamás escribiré. La inteligencia de su cuerpo me avergonzaba como a un muchacho de escuela. Parada frente a mí parecía un templo, un templo percibido en sueños, un templo como el que alguna vez vi en Samarcanda, ¿fue en Samarcanda o en Pyong Yang? –Eres bella –le dije, tomándola en mis brazos– eres un cuerpo para toda la vida. Meandros, algas marinas, tacto del sueño, caballos galopando, caracoleando. Caricia infiel, solapada y abierta, espuma, más espuma, vértigo y vértice, imprecación su cuerpo, blasfemia. Ardilla perseguida y muerta y viva, túnel para llegar al otro día, mágico túnel por el que me estaba yendo, por el que me iba. Y luego ¿qué? ¿El restallar de la mariguana viva, con su ojo abierto hacia el tumbado? ¿El cuerpo agradecido virado hacia el lado de la culpa? ¿La caricia submarina y nostálgica del tiempo que se va? Las palabras empezaron a caer como una lluvia tenue mientras el día se sacaba la máscara. Palabras maltrechas apoyándose en el bastón de la promesa, de la ofrenda, palabras con esparadrapo para las llagaduras. –No sé tu nombre –me dijo, mientras acariciaba mi rostro con su mano abierta– y sin embargo no he conocido nada más profundo. ¿Cómo es esto? Has hurgado mi vida, me has violado, me has robado, me has dejado sin mí. Quiero que me ames siempre, para siempre. –Sí –le dije, apenas apenado, chupando uno a uno sus dedos húmedos– te estoy amando para siempre. La eternidad es sólo este momento. –Eres un monstruo, un malo –dijo –El azar produce monstruos –dije convencido. –Y ahora ¿qué haremos? –dijo desconsolada–, ¿qué harás? –Sobreviviré –dije–. Estoy acostumbrado a sobrevivir. Es lo único que el hombre contemporáneo ha aprendido: a sobrevivir. Somos los sobrevivientes de la post‑guerra, pero de la post‑guerra fría. En todo caso, parece que algo nuevo me llevo entre los ojos. Sonó el teléfono. Un cadáver sacó la mano del ataúd. –Sí, sí –dijo ella desde otra voz–, estoy bien. Eres un puerco. Okey, a mediodía, I want to talk to you. Me vestí y salí. El sol de las once se clavaba en mi cabeza como un puñal. No sabía si pasar por mi hogar o irme directamente a la oficina. Como Lázaro, eché a andar.
Y, esto nos aconseja el maestro español José Ovejero, acerca de los diálogos: sugerencia e intuición.